
Columna de opinión escrita por Nicolás Álamos, Encargado de Agua Dulce Programa Austral Patagonia y Esteban Flores, coordinador Global Water Watch Chile.
Septiembre se despidió, una vez más, con intensas lluvias e imágenes que ya conocemos demasiado bien: viviendas anegadas, remociones en masa, caminos cortados y comunidades afectadas en la zona centro-sur. Sumadas a las lluvias excepcionales de julio y agosto en distintas regiones del país, esta última semana ha vuelto a poner en evidencia algo que solemos olvidar: el agua tiene una dinámica propia. Ríos que aumentan rápidamente su caudal, quebradas que vuelven a transportar sedimentos y humedales que se inundan nos recuerdan que el territorio tiene una memoria que muchas veces nuestra planificación no conserva. Quizás por eso, durante estos meses volvieron a escucharse tres frases que resumen muy bien parte de lo que hemos vivido: “está lloviendo como antes”, “antes todo esto era humedal” y “el agua siempre recupera su cauce”.
La primera frase, “está lloviendo como antes”, se queda corta, ya que estamos ante eventos de una magnitud que muy pocas personas podrían recordar. En Valdivia no se registraba un julio tan lluvioso desde 1922, mientras en el Norte Chico algunas estaciones marcaron máximos históricos. Esto nos lleva a hablar de períodos de retorno, una forma estadística de caracterizar la probabilidad de que un evento de determinada magnitud sea igualado o superado. De acuerdo con los análisis del CR2, gran parte de la Región de Coquimbo registró, durante el temporal del 15 al 20 de julio, precipitaciones acumuladas con un período de retorno estimado superior a 500 años.
Pero que un evento sea poco frecuente no significa que ocurra “una vez cada cien o quinientos años”. El período de retorno expresa una probabilidad, no un calendario. En este sentido, el cambio climático agrega una dificultad adicional. Las crecidas, inundaciones y sequías son parte del funcionamiento de los sistemas hidrológicos, pero el cambio climático está modificando las condiciones bajo las cuales ocurren y puede alterar su intensidad, frecuencia y duración. Por eso, seguir pensando nuestro territorio únicamente a partir de lo ocurrido en el pasado ya no es suficiente. En un clima cambiante, un evento de la magnitud del vivido este invierno puede volver a ocurrir mucho antes de lo esperado
La segunda frase, “antes todo esto era humedal”, apunta a otra parte del problema: la transformación del territorio. Humedales rellenados, riberas ocupadas, bosques reemplazados y cuencas urbanizadas han modificado los lugares por donde el agua se mueve. Las consecuencias de estas transformaciones se hacen especialmente evidentes cuando llegan eventos extremos, porque, como nos recuerda la tercera frase, “el agua siempre recupera su cauce”. Construir y habitar zonas que históricamente han formado parte del espacio de inundación de los ríos aumenta nuestra exposición frente a estos eventos, y sus consecuencias se expresan en carreteras y puentes dañados, comunidades aisladas, viviendas afectadas, cultivos inundados y servicios interrumpidos. Según una estimación de la consultora Colliers, los temporales de este invierno han generado pérdidas económicas cercanas a los mil millones de dólares. En definitiva, nuestras decisiones sobre dónde y cómo ocupamos el territorio determinan, en buena medida, cuánto nos afecta cuando el agua vuelve a ocupar sus espacios.
Más allá de estos impactos, hay una pregunta que deberíamos hacernos antes de preguntarnos cómo controlar la próxima crecida: ¿cómo estamos considerando a los ríos y humedales en nuestras formas de habitar el territorio?
Un río no es solamente el agua que vemos cuando caminamos junto a él. También son sus riberas, sus humedales y sus planicies de inundación. Reconocer este sistema completo permite ampliar las herramientas con las que enfrentamos las crecidas. Un río que conserva su integridad ecológica puede almacenar temporalmente agua, reducir la velocidad de escorrentía, retener sedimentos y mantener la conectividad de los ecosistemas. La cobertura del suelo en una cuenca también importa: no es lo mismo una cuenca con bosques capaces de infiltrar, almacenar y ralentizar parte del agua que una cuenca progresivamente impermeabilizada o degradada, donde la lluvia se descarga rápidamente hacia los cauces.
Estas funciones muchas veces pasan inadvertidas hasta que desaparecen. Cuando ocupamos, rellenamos o modificamos espacios que forman parte de la dinámica natural de los ríos, reducimos su capacidad de cumplir estas funciones y aumentamos nuestra exposición frente a las crecidas. El agua no deja de necesitar esos espacios porque nosotros hayamos decidido ocuparlos.
Y esto no significa que la respuesta esté en escoger entre infraestructura y naturaleza. Durante este mismo invierno hubo obras que cumplieron precisamente la función para la que fueron diseñadas y ayudaron a evitar daños. El nuevo colector del Canal Santa Marta, por ejemplo, permitió evitar el desborde hacia el Camino a Melipilla, mientras los Parques Inundables Víctor Jara en Santiago y Kaukari en Copiapó, cumplieron roles claves al controlar las crecidas. Estos casos muestran que es posible intervenir el territorio de manera efectiva cuando las obras responden a problemas concretos y están adecuadamente diseñadas, mantenidas e integradas a la dinámica del territorio.
La pregunta, entonces, no es si debemos construir o conservar, sino qué función necesitamos recuperar o proteger, dónde y mediante qué combinación de medidas. Esto supone dejar de tratar como agendas separadas la adaptación al cambio climático, la gestión del riesgo de desastres y la conservación de los ecosistemas. En el caso de los ríos, las tres hablan, en buena medida, del mismo territorio: proteger un humedal puede ser una medida de conservación y, al mismo tiempo, de adaptación; evitar construir en una planicie de inundación puede proteger un ecosistema y reducir el riesgo; y restaurar una ribera puede favorecer la biodiversidad, mejorar la calidad del agua y recuperar parte de la capacidad del sistema para enfrentar eventos extremos.
Esta mirada tampoco es completamente nueva. Valdivia, declarada el año pasado como Ciudad Humedal, ofrece un ejemplo cercano de cómo estos ecosistemas han ido adquiriendo un reconocimiento creciente dentro de la planificación y gestión territorial. La ciudad se ha desarrollado sobre una extensa red de humedales que, pese a las presiones y amenazas que ha enfrentado, hoy comienza a ser reconocida e integrada de manera explícita en la forma en que la ciudad planifica y gestiona su relación con el agua.
Chile ya cuenta con herramientas para avanzar en esta dirección. La Ley de Humedales Urbanos, los instrumentos de adaptación al cambio climático, las soluciones basadas en la naturaleza y las nuevas herramientas de conservación del SBAP fomentan alternativas que van desde la protección y restauración de humedales hasta infraestructura verde, como parques inundables, jardines de lluvia y superficies permeables. A esto se suman los instrumentos de gestión del riesgo y, recientemente, los Planes Regionales de Ordenamiento Territorial (PROT). El desafío está en articular estas herramientas a escala de cuenca, de manera integrada y adaptativa, coordinando decisiones sobre conservación, uso del suelo, gestión del riesgo y adaptación climática. Esto es especialmente relevante en los territorios rurales, donde se originan muchos de los procesos que afectan a las zonas aguas abajo y donde las herramientas de ordenamiento y protección son todavía más limitadas. El Decreto 243, publicado en marzo de este año, establece el marco para que los Gobiernos Regionales avancen en la elaboración y aplicación de los PROT, abriendo una oportunidad para incorporar explícitamente el riesgo, el cambio climático y las funciones de los ecosistemas en la planificación territorial.
También necesitamos avanzar en instrumentos que reconozcan al río como un sistema territorial y no solo como un cauce. La iniciativa de ley de ríos protegidos actualmente en trámite en el Congreso podría contribuir en esa dirección, al permitir articular distintas medidas de conservación y gestión en torno al río.
El desafío no es impedir que los ríos se desborden. Eso no es posible ni necesariamente deseable. Una misma lluvia puede ser una amenaza para una vivienda, una oportunidad para un ecosistema y ambas cosas al mismo tiempo. El desafío es construir un territorio capaz de convivir con esa dinámica, reduciendo nuestra exposición y manteniendo los procesos naturales que contribuyen a su resiliencia. Si el cambio climático está haciendo más inciertas las condiciones bajo las cuales habitamos el territorio, conservar los ecosistemas que permiten al agua moverse, almacenarse y disiparse es una acción urgente tanto para la conservación ambiental como para la adaptación al cambio climático y la reducción del riesgo de desastres.